Hace mucho tiempo que no se vivía algo así. El recital empezó antes de lo estipulado, el teatro estaba lleno de chicos que miraban sorprendidos, el director dirigió a un entusiasta público y la orquesta "aplaudió" con los pies. Todo esto en menos de dos horas de un emocionante show.

Los integrantes de la Orquesta y el Coro Nacional Juvenil del Bicentenario no estaban dispuestos a sujetarse al horario. Antes de las 21.30 parte de la orquesta se había instalado en las escalinatas del Teatro San Martín, improvisando para entretener al público. Entre confundida y entusiasmada, la gente se amontonaba para escuchar a los jóvenes talentosos.

Con esa banda de sonido de fondo, los asistentes se apuraban en buscar su lugar en palcos y plateas. Entre el heterogéneo público se destacaban los chicos pertenecientes a coros y orquestas de la provincia, dándole un color especial a la noche. Ya con todos ubicados, se dio la bienvenida y se explicó que desde Jujuy a la Patagonia, y desde profesionales hasta amateurs, este programa une a jóvenes para resaltar esos factores que todos tienen en común: su pasión y talento por la música.

El programa empezó con el Coro, que desde obras de Johann Sebastian Bach a canciones de Abel Pintos supo mantener al público atento y predispuesto a aplaudir en los pocos segundos de silencio que los intérpretes dejaban. No fue para menos. El grupo dirigido por Mariano Moruja exhibió un arco iris de voces en sincronía. Además de la calidad interpretativa, los chicos también coordinaron otro importante factor: la pasión con la que cantaron, que se expandió por el teatro con la misma eficacia con que lo hacieron sus voces. Desde los más graves bajos, hasta las más agudas sopranos, los 60 chicos vestidos de negro se ganaron eufóricos aplausos.

Luego entró la orquesta y ambas formaciones, junto al público que no dudó en ponerse de pie con las primeras notas, interpretaron el Himno Nacional.

Llegó el turno de los músicos dirigidos por Alejo Pérez, que totalmente compenetrado en lo suyo los guió tanto con la batuta como con su cuerpo. Mientras los más grandes miraban orgullosos a la orquesta, los más chicos, sorprendentemente callados, sonreían entusiasmados. Y mientras Pérez dirigía sobre el escenario, uno que otro bajito movía sus manos colgado de un palco, como si de él dependiera la función.

Pasadas las 23 volvió a entrar el coro y las formaciones (alrededor de 150 artistas) cerraron la noche con un repertorio sinfónico coral que recibió vítores y pedidos de bises, que no tardaron en ser cumplidos.

La última interpretación fue el fiel reflejo de lo que se vivió durante toda la noche: la alegría se desprendió de los instrumentos, de las voces y de los aplausos. Por un momento, Pérez les dio la espalda a sus músicos y dirigió también al público. Fue un instante inolvidable. La función concluyó con una lluvia de papel picado, zapateos como forma de agradecimiento por parte de los promisorios intérpretes y sonrisas de ambos lados. Un ida y vuelta de alegría y agradecimientos.